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Todos los que tenemos derecho a votar debemos hacerlo. Podemos enviar un mensaje claro a los autoritarios: rechazamos su plan y su división. Nos mantenemos unidos, en una mayoría clara que ellos no pueden negar.

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Justo antes de las elecciones en Estados Unidos, jamás imaginé que me encontraría en los Alpes por primera vez. Pero aquí estoy, y es aquí donde debo estar: para poder charlar con líderes de movimientos de todo el mundo en el Foro sobre la Resiliencia de la Democracia, una semana de intercambio sincero entre líderes provenientes de lugares donde nuestro derecho al voto está bajo ataque.

Somos cincuenta personas de cinco continentes que nos encontramos aqui, invitados aquí por Salzburg Global, una organización nacida de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial para ayudar a “líderes de mente abierta a superar barreras y abrir un mundo de posibilidades”. Este grupo ayudó a reconstruir Europa y luego, con la caída del Muro de Berlín, amplió sus horizontes por todo el mundo.

Conversaciones como las nuestras en Salzburgo han contribuido a crear las respuestas globales a las crisis del SIDA y la COVID, a establecer un orden internacional para defender los derechos humanos, a reformar Sudáfrica tras el *apartheid* y a lograr la paz en Irlanda mediante los Acuerdos de Viernes Santo.

Los estadounidenses participaron en los primeros días de Salzburgo principalmente como benefactores. En ese momento, a través del Plan Marshall, el Cuerpo de Paz y USAID, Estados Unidos quería ser visto por otras naciones como un faro de paz, seguridad y generosidad. Si bien muchos de nosotros sabemos que esto no siempre era cierto, al menos nuestros líderes dijeron que éramos una democracia y que siempre lo seríamos.

Los tiempos han cambiado. Estados Unidos ya no es un faro de la democracia. Nuestros líderes se enriquecen a nuestra costa e intentan impedir que votemos. Hemos abandonado la ayuda a otros países y la salud pública, lo que ha provocado cientos de miles de muertes. Nos ponemos del lado de déspotas y tiranos, en lugar de apoyar a quienes desean la paz. Milicias armadas recorren nuestras calles, deteniendo a cualquiera que parezca o suene extranjero. Agentes federales invaden los hogares de funcionarios electos y confiscan los padrones electorales. Nuestra democracia se encuentra en su punto más débil desde la Guerra Civil, y muchos han perdido la fe en nuestro gobierno.

Durante mucho tiempo, Estados Unidos creyó que podía ayudar a los demás. Ahora, somos nosotros que necesitamos ayuda. Por eso agradezco estar aquí: porque, si queremos preservar nuestra democracia, debemos aprender de quienes han logrado salvar la suya. Hubo un tiempo en que pensamos que podíamos sanar al mundo; ahora, necesitamos la ayuda de amigos a través del mundo.

El movimiento por la justicia social en Estados Unidos es grande y vibrante. Durante dos siglos, ayudamos a poner fin a la esclavitud y la segregación racial, ganamos el derecho al voto para todos y la dignidad de los trabajadores. Sin embargo, nos hemos fragmentado y por esto no estamos preparados para enfrentar el ascenso del autoritarismo. Este auge está impulsado por la riqueza de unos pocos multimillonarios, que buscan dividirnos y comprar nuestro gobierno.

Por eso la organización que dirijo, People’s Action ha estado trabajando arduamente para unir a la gente y reconstruir las bases de nuestra vida democrática. Estoy muy orgulloso de nuestros miembros, gente como Kevin y Cherie en Iowa, que se están acercando a los auditores electorales en cada uno de los 99 condados de su estado, y Elaine en Arkansas, que está registrando votantes que no saben que tienen este derecho, y Allison en Ohio, que se está preparando para garantizar que se cuenten todos los votos elegibles en su estado.

El pasado mes de octubre, reunimos a más de mil organizadores experimentados —como ellos— en Washington D. C. para un «curso intensivo en defensa de la democracia», con el fin de elaborar una estrategia común para proteger nuestro derecho al voto. También invitamos a personas que han encabezado movimientos exitosos en Corea del Sur, Brasil, Serbia y Kenia. Muchos de nuestros líderes, inspirados por lo que escucharon, regresaron a sus lugares de origen para organizar a sus miembros con el fin de proteger los procesos electorales en sus comunidades, conscientes de que los votantes se enfrentarían a actos de intimidación y obstáculos.

Esto fue parte de nuestro Avivamiento Organizativo, un esfuerzo por promover una mayor cooperación para crear un movimiento más fuerte por la justicia social. Esta iniciativa ha crecido hasta incluir todas las redes más grandes de grupos de base religiosos y de creación de poder en los Estados Unidos, que representan a millones de miembros, y sindicatos.

Si hay algo que estamos aprendiendo en Estados Unidos es que si queremos que la democracia sobreviva, depende de nosotros. Nadie vendrá a salvarnos. Sin embargo, nadie ni ninguna organización puede hacer esto por sí solo: sólo podemos hacerlo juntos. Debemos permanecer juntos en este momento.

Como organizadores, también debemos reconocer que en Estados Unidos tenemos la suerte de contar con recursos y una sensación de seguridad que muchos no tienen. En Salzburgo he oído historias de los inmensos riesgos personales que corren los organizadores en otras partes del mundo en su vida diaria, a un gran coste, sólo porque es lo que les toca- es lo correcto.

Y la democracia en Estados Unidos, aunque debilitada, sigue en pie. Por eso, todos los que tienen derecho a voto deben votar este noviembre. Debemos enviar un mensaje claro a los autoritarios: rechazamos su plan y rechazamos la división; nos mantenemos unidos, en un número que ellos no pueden negar.

Así que debemos votar y luego mantenernos alertos hasta que se cuenten todos los votos y se certifiquen los resultados. Si hacemos esto, podremos recuperar nuestra democracia. Si no lo hacemos, nos llevará muchos años recuperarnos. Muchos intentarán intimidarnos y amenazarnos, pero debemos mantenernos fuertes. Nuestros votos son nuestra última palanca de democracia, por eso debemos hacerlos contar.

Yo, por mi parte, creo que las personas organizadas pueden ser un antídoto contra el auge del autoritarismo que ahora vemos a lo largo el mundo. He visto nuestro poder en acción demasiadas veces como para no creer que podamos hacerlo ahora.

Estamos luchando por nuestra propia humanidad. Estamos luchando por nuestras familias y nuestras comunidades, con todos aquellos que comparten nuestra esperanza de un futuro mejor. Estamos luchando por la dignidad, la decencia y la justicia, no sólo para nosotros mismos, sino para cada uno de nosotros. Eso es lo que significa luchar por la democracia. Luchamos por lo que nos hace humanos. Todo lo que necesitamos para empezar somos nosotros.

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